El prejuicio es propio del ser humano. Cada persona se construye como tal a partir del mundo que la rodea, pero en cierto momento de esa construcción ideológica elegimos el camino por el cual queremos ir, buscamos una distinción a partir del pensamiento, la forma de ver el mundo y las ideas personales. Finalmente, todo eso lo trasladamos a la imagen (en cierto modo). En ese camino de “creación” personal por parte de la distinción y el deseo (inconsciente a veces) de ser únicos, tomamos cierta “distancia” de un otro, que tiene un aspecto diferente o desconocido a los ojos de uno (y de ahí salen los conceptos de el “uno” y el “otro”).
Llega un momento en la vida de todos en el cual cada uno como individuo toma un lugar en la sociedad como la persona que es y que fue construyendo, y a partir de eso genera juicios de valor hacia el otro, el diferente.
El problema que surge en esas situaciones es que ese juicio, en un primer momento está basado en lo que proyecta ese “otro” a través de su imagen, es decir, lo que cada uno ve exteriormente en el otro e involuntariamente lo aplica a un todo, pero claramente la visión de uno es un recorte de lo que realmente es ese otro.
Todos y cada uno de nosotros hemos juzgamos a una persona por su aspecto físico y de algún modo lo estereotipamos según nuestra visión personal; sea positiva o negativa. Con ciertas personas nos sentimos identificados a pesar de desconocerlos y así es como, de ser YO – ÉL/ELLA pasamos a hablar de un NOSOTROS.
Como en todas las situaciones en las que somos protagonistas las personas, tarde o temprano (más bien temprano diría) aparece la miseria humana y la maldad que hay dentro de cada uno, junto con el mencionado prejuicio. En ese recorte que hacemos de una persona como su totalidad, si no es agradable para nuestros ojos empezamos a especular el “como debe ser” por el aspecto que tiene (ahí es donde pasamos a los estereotipos), y cuanto más ajeno o negativo es a nuestros ojos, más nos empeñamos y más agresivos nos ponemos, hasta llegar al punto de pasar por alto que la otra persona también tiene una historia, un pensamiento, una mirada, sentimientos y corazón.
Retomando el tema de los estereotipos: cuando somos prejuiciosos, como lo indica la palabra estamos pre-juzgando, es decir, juzgamos antes de tiempo, antes de tener una opinión fundamentada. El estereotipo juega al tiempo de introducir a este “otro” en un grupo, transformarlo en “ellos”. Eso se encuentra fácilmente en un rastreo simple del aspecto; “como tiene la misma gorra que un tipo que me robó hace un tiempo, este debe ser chorro” o en el peor de los casos “este seguramente es chorro”.
Y así tenemos una visión general de esa persona, por más argumentos que falten. Lo que yo me pregunto es ¿Qué visión tenemos de nosotros mismos para hablar con tanta seguridad del resto?