Desde chica había soñado con tener un árbol tan pero tan
alto que alcance las nubes y vaya aún más lejos. Todos los mediodías camino al
colegio pasaba con su abuela por la casa en la que ella vivía de pequeña, ahí
en Concepción Arenal y Córdoba, donde había plantado un pino 40 años atrás y
ahora estaba a punto de llegar al cielo.
Cada día el pino era un poco más alto y ella un poco más
grande, porque el tiempo corre para todos.
Ella creció, terminó la primaria y después la secundaria.
Ella ya no quería tener un árbol infinito, ella ya estaba grande y prefería que
el surrealismo no fuera más allá de una película que vio en el cine o de una
muestra de fotografía por la que pasó el jueves. Porque las fantasías
abstractas eran demasiado pequeñas para sus zapatos enormes, porque cuando uno
crece se vuelve racional y pelotudo y deja de hablar de sueños para hablar de onirismo
y utopías.
Un día volvió a pasar por esa casa y decidió
tomarle una foto al mítico pino que a esta altura ya debía estar conversando
con los astros. Agarró su cámara y apuntó, pero no disparó. Una vez,
dos, tres veces. Cambió la batería, el lente, la tarjeta de memoria. La agitó,
la golpeó y la pateó, pero no hubo caso, la imagen no quería salir.
Es que a veces no todo puede materializarse, querida, y
cuando menos lo esperabas tu árbol te sacó 3 metros de altura y tu imaginación
se volvió venenosa. Y el sol ya no salió, y las sombras fueron sólo un
recuerdo.
Es que al final, el pragmatismo era el homicida de tu cuento
y vos la víctima fatal.