miércoles, 30 de mayo de 2012

Hija del rigor

Mientras él dormía endulzando cada recoveco de su amplio paladar con los sueños más azucarados, ella no paraba de sacudirlo y susurrarle al oído cuánto anhelaba su regreso.
Pasaron las horas, los días, los meses, las estaciones. Las hojas de los árboles comenzaron a sucumbir al igual que sus esperanzas, hasta que un día, finalmente abrió los ojos. Ella se le acercó, efusiva, intensa; lo envolvió en sus brazos con el fin de abarcar cada sitio de su infinito cuerpo y expresar de ese modo cuanto lo quiso y cuanto lo esperó. Él permaneció estático, con la mirada estancada en un punto fijo sin emitir sonido. Repentinamente se apartó con aspereza y ajeno a lo que acontecía, se volteó y se tumbó nuevamente en su lecho.  
Evidentemente él jamás notó la presencia de aquella muchacha. Quizá porque nunca formó parte de su quimérico mundo, quizá porque jamás tuvo lugar en su realidad falaz.

2 comentarios:

dana dijo...

Te amo

Azul dijo...

Yo te amo más, madre mía. Espero que algún día el nivel de mis escritos valga lo que tu intelecto.