viernes, 15 de noviembre de 2013

De árboles y sombras


Desde chica había soñado con tener un árbol tan pero tan alto que alcance las nubes y vaya aún más lejos. Todos los mediodías camino al colegio pasaba con su abuela por la casa en la que ella vivía de pequeña, ahí en Concepción Arenal y Córdoba, donde había plantado un pino 40 años atrás y ahora estaba a punto de llegar al cielo.
Cada día el pino era un poco más alto y ella un poco más grande, porque el tiempo corre para todos.
Ella creció, terminó la primaria y después la secundaria. Ella ya no quería tener un árbol infinito, ella ya estaba grande y prefería que el surrealismo no fuera más allá de una película que vio en el cine o de una muestra de fotografía por la que pasó el jueves. Porque las fantasías abstractas eran demasiado pequeñas para sus zapatos enormes, porque cuando uno crece se vuelve racional y pelotudo y deja de hablar de sueños para hablar de onirismo y utopías.
Un día volvió a pasar por esa casa y decidió tomarle una foto al mítico pino que a esta altura ya debía estar conversando con los astros. Agarró su cámara y apuntó, pero no disparó. Una vez, dos, tres veces. Cambió la batería, el lente, la tarjeta de memoria. La agitó, la golpeó y la pateó, pero no hubo caso, la imagen no quería salir.
Es que a veces no todo puede materializarse, querida, y cuando menos lo esperabas tu árbol te sacó 3 metros de altura y tu imaginación se volvió venenosa. Y el sol ya no salió, y las sombras fueron sólo un recuerdo.
Es que al final, el pragmatismo era el homicida de tu cuento y vos la víctima fatal.

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